Ana de Pescados José Luís

 «Yo no llegué al mercado, prácticamente nací en él»

Nos espera Ana en su puesto de mariscos selectos y nos recibe con una amplia sonrisa diciendo: «Yo no llegué al mercado, prácticamente nací en él».  No nos sorprende el recibimiento, puesto que sabíamos que nos estaba esperando para contarnos todo lo que significa el mercado para ella y su familia.

Ana pertenece a la tercera generación de detallistas, tanto por línea materna como por línea paterna. La familia de su madre Mari Carmen regentó puestos de fruta y verdura, frutos secos y carne de ave, mientras que la de su padre José Luís siempre se ha dedicado al pescado. En  este punto Ana, nos ruega hacer mención a sus abuelos paternos y maternos, para rendirles homenaje y respeto. (más…)

Yolanda Cámara

Yolanda es la benjamina de la familia Berdiel que cuenta con otros dos miembros en el mercado, su hermana Carmen y su madre Teresa, conocida como «Mamá Tere».

Yolanda acumula dieciséis años de trayectoria profesional, doce de ellos en el mercado. Siempre ha trabajado despachando carne de ave y conejo, con lo que se puede afirmar, sin temor a equivocarnos que es toda una experta. (más…)

José Ignacio, segunda generación de carniceros en el mercado.

La carnicería de José Ignacio se encuentra en la fachada norte del mercado, que es la que está justo enfrente de las murallas romanas. Lleva en el mercado prácticamente toda su vida laboral, ya que comenzó en el puesto de sus padres en el año 1982. Esta circunstancia nos da pié a preguntarle cómo era el mercado antes de la gran reforma del año 1986. Antes de esa fecha el mercado contaba con casi 400 puntos de venta, entre bancos, cajones y puestos de obra, distribuidos a lo largo de cuatro pasillos. El punto de administración se ubicaba en esa misma zona norte, en un altillo accesible mediante una escalera de caracol, hoy desaparecida. José Ignacio recuerda esa época en «blanco y negro» y con una sensación de oscuridad.

«Recuerdo en blanco y negro la época anterior a la reforma de 1986»

Tras la gran reforma del 86 todo pareció cobrar vida, brillo y color, como así se lo ratificaron los clientes procedentes de todos los barrios de Zaragoza y de localidades cercanas. El mercado se reabrió tras cuatro meses cerrado con un aspecto nuevo y con menos puntos de venta (de unos 400 se pasó a los 190 actuales). Antes del inicio de las obras se realizaron trabajos de pintado de la estructura interior, causando molestias a los detallistas y clientes al colocar andamios para el pintado de la estructura metálica.

Recuerda con agrado el trato que ha mantenido durante todos estos años con los clientes.  Por citar un ejemplo, nos cuenta que muchas clientas aguardaban a que les atendiera su madre Ildefonsa para poder confesarle sus preocupaciones e inquietudes. Muchas de ellas pasaron a contárselo a él, cuando su madre se jubiló. Todavía queda un puñado de aquellas personas a las que ha venido atendiendo durante años  y escuchando cómo le contaban que sus hijos e hijas se casaban, se divorciaban incluso y finalmente se iban quedando solos. José Ignacio es de la opinión que para las personas mayores, la separación de los hijos constituye un trauma mayor o equiparable a quedarse viudas. Lo anterior demuestra, según José Ignacio, el vínculo que se establece en el mercado entre los tenderos y los clientes. La relación se basa en la confianza depositada por los clientes en la calidad de los productos y en la confidencialidad, que les hace a los clientes sentirse escuchados en sus inquietudes más profundas.

«En los tiempos actuales, hay más información pero menos comunicación interpersonal».

La afirmación anterior parece paradójica, pero es su percepción personal. Piensa que muchas de las conversaciones, incluso en el ámbito familiar, son banales y no abordan los sentimientos. Se está perdiendo la relación interpersonal y directa, que queda enmascarada de instrumentos y medios tecnológicos que parecen facilitar la comunicación, cuando en realidad es todo lo contrario.

Nos centramos ahora en su actividad comercial, que ha continuado con la línea marcada por su padre José y que se diferencia en la venta de carne de mayor. Esta especialización es muy apreciada por el colectivo de emigrantes y  residentes en núcleos rurales que son los consumidores de estos productos de toda la vida. Los nacionales suelen ser personas de edad, conocedoras de esta carne, más que los jóvenes, pues saben cómo cocinarla.

El nuevo mercado lo ve con esperanza, aunque no esconde manifestar la dificultad que supone adaptarse a las exigencias y demandas del sector de población jóven y de mediana edad que realiza sus compras habituales en otros formatos comerciales.

Nos despedimos agradeciéndole su tiempo y el habernos podido ilustrar los tiempos anteriores a la reforma de 1986.

Marisa

Marisa nos recibe con una amplia sonrisa y con una mirada fresca, franca y sincera que nos anuncia una grata conversación. Marisa es maña y eso se nota a simple vista, en correspondencia con el tópico de persona cercana y noble. Además ejerce de “aragonesa” al dedicar parte de su tiempo libre a la jota cantada, por la que muestra una gran pasión. Regenta junto con Juan Miranda, su marido, dos carnicerías en el Mercado Central desde hace diecisiete años. Juan pertenece a una saga familiar de carniceros en la que Marisa se ha integrado completamente.

“Para ir al puesto, me maquillo como si fuera de fiesta”

Es consciente de la importancia de la imagen en un trabajo de cara al público. No le importa levantarse temprano para acicalarse y maquillarse, casi como si se fuera de fiesta. Podría pensarse que es “coqueta”, aunque después de unos minutos de conversación, la conclusión a la que llegamos es que Marisa quiere dar lo mejor de sí misma a sus clientes, lo cual le honra, puesto que demuestra una actitud positiva y un gusto por el trato con las personas. Exige pulcritud y buena imagen a sus colaboradores, esmerándose también en la imagen visual de sus puestos, dotándoles de luminosidad y prestando especial atención a su limpieza y mantenimiento.

“Nos debemos a nuestros clientes, en los que tenemos que pensar en todo momento”

Su relación con los clientes es muy estrecha,  como corresponde a este formato comercial que se distingue y caracteriza por la cercanía y confianza. Al fin y al cabo, los clientes son los que hacen posible la continuidad del mercado y los que deben centrar toda la atención de los detallistas. La relación es tan cercana, que muchos le preguntan sin rubor por sus hijos, por sus aficiones o cómo hace para parecer tan escoscada. Marisa les corresponde con agrado, teniendo siempre presente que lo importante es que queden satisfechos con su compra y que sobre todo, vuelvan al mercado. Les aconseja y les recomienda los productos que se adaptan mejor a sus necesidades.  Cuenta, como algunos maridos al acudir a comprar, le han llegado a pedir que llame a sus esposas para preguntarles tal o tal cosa, confiando que su intermediación les evitará reproches una vez regresen a sus domicilios con la compra.

Ya hemos indicado anteriormente que Marisa cuenta con colaboradores que le permiten prestar el servicio a sus clientes. No se define como una “jefa”, sino como una persona que les coordina y les apoya en aquellas peticiones o sugerencias que le puedan formular, bien para mejorar el servicio a los clientes o bien para atender sus propias necesidades personales. Le interesa que estén contentos y satisfechos con su trabajo, puesto que esto redundará en un clima profesional en el que todos, incluidos los clientes, salen beneficiados.

No queremos pasar por alto las anécdotas. A principios de 2016 acudió al mercado un equipo de la televisión japonesa al que les llamó la atención al pasar al lado de su puesto una simple carantoña que se hicieron ella y su esposo. Los japoneses, tan detallistas ellos, quisieron detenerse y entrevistarles, pidiéndoles al final que se dieran un beso. Al cabo de un tiempo, Marisa se fijó en una japonesa se quedaba fija en su puesto sonriéndole. Al preguntarle por su origen, ésta le confesó en un incipiente español que les había visto en la televisión japonesa y que quedó prendada de su simpatía. Por ello, al visitar Zaragoza, quiso acudir al mercado para conocerle personalmente. Son detalles curiosos que nos sorprenden, pero que dan buena cuenta del impacto que pueden provocar en otras personas nuestra imagen.

Además de excelente profesional Marisa presume de hacer el bien a todo el mundo que puede, que reconoce que es la inmensa mayoría de las personas. Se siente satisfecha con todo lo que ha logrado gracias a su esfuerzo y reconoce que disfruta incluso más dando que recibiendo. Una muestra de ello, es su colaboración habitual con una entidad benéfica a la que aporta alimentos.

Llega el momento de hablar de sus productos. Lo primero que nos menciona es su “longaniza etiqueta negra”, elaborada de manera artesanal con un toque personal que la hace única. A la longaniza le acompañan otras especialidades como la costilla de cerdo a la jardinera, la hamburguesa a las finas hierbas o la panceta adobada. De las carnes frescas, además del cordero procedente de explotaciones ganaderas de la máxima confianza nos insiste en destacar el entrecot y el solomillo de buey de Vitoria o la ternera de Albelda (Huesca).

Como ya es costumbre cerramos siempre la entrevista preguntando al entrevistado o entrevistada cómo se imagina en el nuevo mercado. Marisa se ve junto a su pareja, por la que manifiesta además de profundo amor una gran admiración. Aparte de eso, que para ella es muy importante, se imagina en un mercado remozado y cómodo para los trabajadores y trabajadoras y sobre todo para los clientes, con todos los servicios que demandan los tiempos actuales.

Nos despedimos agradeciéndole la atención y animándole a que continúe derrochando positividad y energía, de la que queremos contagiarnos, sobre todo cuando nos haga falta.